jueves, 8 de mayo de 2014

Más allá de las propiedades curativas de la mariguana

Un prominente grupo de mexicanos se ha pronunciado a favor de legalizar el uso de la mariguana. Entre ellos, Juan Ramón de la Fuente, Pedro Aspe, Fernando Gómez Mont y Jorge G. Castañeda (Fox queda fuera). Esta manifestación siguió a la de un grupo de ex presidentes de países latinoamericanos: Ernesto Zedillo (México), Fernando Enrique Cardoso (Brasil) y César Gaviria (Colombia). El tema es que la legalización representa un factor para reducir los índices de violencia en los países productores, consumidores o que constituyen una vía terrestre para hacer llegar la droga a los Estados Unidos.
El asunto tiene muchas perspectivas de valoración: el uso médico de la cannabis, el daño relativamente bajo que genera en la salud frente a otras drogas, la regulación de un mercado que opera bajo circunstancias de violencia y la posibilidad de que sólo la autoridad del Estado distribuya este producto psicoactivo, entre otros aspectos, pero destaca en particular su uso regulado a través de la ley.
El derecho expresa el grado de civilización alcanzado por la sociedad. Constituye un medio para evitar o procesar los conflictos sociales y evitar que prevalezca la posición del más fuerte frente al débil. De ahí que la pregunta sea si regular la producción, distribución y consumo de la mariguana reduciría los conflictos sociales, por ejemplo en Michoacán, porque no es la hierba en sí misma lo que nos preocupa, sino la violencia asociada a la misma.
La violencia en el Estado purépecha tiene que ver en parte con el cultivo de mariguana y amapola que por décadas se ha llevado a cabo en esa entidad, pero hoy día ya no representan los principales productos ilícitos que mueven en el Estado a través de las redes del crimen organizado. De hecho, ni siquiera son los principales objetos que explican la violencia. La producción y distribución de la hierba ha sido desplazada en ese territorio por la extracción ilícita de metales, la internación irregular de materias primas para la producción de drogas sintéticas, el secuestro, la extorsión y el cobro de derecho de piso, la apropiación de huertas de aguacate y cultivos de limón, la tala inmoderada y una larga cadena de ilícitos antes que la producción de mariguana.
¿En una condición de estado de excepción que posibilite la regulación de la mariguana en el Estado de Michoacán se reduciría la violencia? Creo que no. Soy de la idea de que la intención de regular la producción, distribución y consumo de la cannabis obedece a una lógica de mercado externa sobre la base de ingresar una nueva mercancía a la venta pública, proceso del que ya se ven algunos avances en estados federados de la unión americana.
Aparte, en México llevamos muchos años emitiendo normas para reducir en la población los efectos nocivos del tabaco y se ha regulado, a veces hasta de manera excesiva, su consumo en lugares públicos. La razón son los costos para la salud de las personas, sus allegados y para el propio Estado en materia  de salud pública. La mariguana al igual que el tabaco produce adicción y daños a la salud comprobados e irreversibles.
Ahora bien, regular los aspectos relacionados con la buena salud que propicia la explotación de la mariguana como fármaco, es otro asunto. Sin embargo, este aspecto aún requiere de investigación, no porque se ignore ciertas propiedades curativas, sino para valorar los efectos que todo fármaco debe advertir a sus consumidores previo a su registro y autorización por parte de las autoridades sanitarias.

Regular la mariguana constituye un tema de discusión amplio y serio, pero pensar que el uso regulado de la misma es un remedio para la violencia, es atribuirle propiedades curativas más allá de sus cualidades farmacéuticas.