domingo, 5 de febrero de 2012

Fiesta taurina: expresión del entretenimiento irreflexivo

La historia está llena de capítulos asociados a la violencia y la crueldad de los cuales no sentimos profundamente arrepentidos. Se trata de expresiones rezagadas que nos acercan a un estado de naturaleza más cercano a la barbarie que a una convivencia pacífica y ordenada, aspiración legítima de quienes deseamos una vida digna, ausente de violencia y crueldad, armónica con nuestros semejantes y respetuosa de nuestro entorno.
La plena vigencia de los derechos humanos es posible cuando todos contribuimos a humanizar a la sociedad y a ser parte de esa humanidad, cuando las prácticas sociales son resultado de la acción reflexiva, cuando las actividades que promueven el sufrimiento son rechazadas de manera natural por la colectividad y se privilegian los valores del respeto y el derecho a la dignidad.
Por ello, la corrida de toros, entendida como la “fiesta” que consiste en lidiar cierto número de toros en una plaza cerrada, es una actividad que debe prohibirse, porque constituye un acto de crueldad, propio del entretenimiento irreflexivo, incapaz de hacer valer de manera recíproca los principios de respeto a nuestro entorno y de garantizar la muerte sin dolor a los seres vivos de los que hacemos uso en la reproducción de nuestra sociedad.
La industria que promueve la fiesta taurina ha logrado desarrollar una especie animal a contranatura, cuya crianza se orienta únicamente a que el toro de lidia muera en los ruedos, sometido a una serie de suertes taurinas, con el único propósito de brindar esparcimiento a personas que gozan de su agonía, la cual transcurre paso a paso, paulatinamente, en tanto que, guiado por su instinto de supervivencia, cede al embate de banderilleros, picadores y toreros.
Se trata de una lucha desigual, porque el toro de lidia, previo a la corrida, ha sido sometido a largos momentos de oscuridad, recorte de cuernos, deshidratación, debilitamiento generalizado, con el fin de proteger a la figura central de la fiesta, el torero, quien finalmente será el verdugo e infringirá una muerte dolorosa en condiciones de desventaja y decidirá la suerte del toro dependiendo sus habilidades. Todo ello, con el regocijo y celebración de los aficionados, quienes pagarán por ser testigos del estado de indefensión del toro frente al torero.
Hay quienes aducen que si el hombre sacrifica otras especies animales para su consumo alimentario, de igual forma se justifica el sacrificio de los toros de lidia. Empero, confunden los fines; mientras que la primera actividad es resultado de una necesidad básica, la segunda, la fiesta brava, privilegia el espectáculo, para el júbilo y disfrute de unos cuantos. La “fiesta brava” es una práctica que carece de justificación; es un espectáculo que abusa de animales mediante la crueldad y la violencia y, por ello, denigra a la condición humana. Prohibirla es una apuesta positiva por la vida y la preservación de los seres vivos.

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