Sobrepeso u obesidad mórbida son
las formas correctas de llamar a la “gordura”, esa forma peyorativa en que se
dirigen muchos compañeros, familiares o amigos a las personas cuya salud se ve
amenazada por sus kilos de más. Por increíble que parezca, México ocupa uno de
los primeros lugares en el mundo con este padecimiento, desde la primera
infancia hasta la edad adulta y contrario a lo que piensan muchos no es
resultado de la dieta tradicional mexicana, basada en una combinación de muchas
calorías y proteínas.
De ser cierto que las tortillas, los
tamales, las corundas, las semitas, las tortas ahogadas o las guajolotas fueran
las responsables del peso desmedido de los mexicanos, nuestro país habría sido una
población de obesos desde hace muchas décadas, sin embargo, esta circunstancia
más bien se ha acentuado en las últimos veinte años, coincidentemente con el
abaratamiento a nivel mundial de toda clase de calorías, ya sean dulces,
refrescos, golosinas o de la denominada fast food o comida rápida.
Evidentemente, nuestros platillos
constituyen un riesgo cuando se mezclan con hábitos de consumo de alimentos con
altas concentraciones calóricas. Si a un buen número de tortillas le sumamos un
paquete de golosinas o el consumo de uno o más refrescos, además de una tarde
sedentaria frente al televisor, difícilmente podremos contrarrestar un déficit
calórico para conservar un peso razonablemente proporcional a nuestra complexión
y edad.
Efectivamente vivimos una condición
epidemiológica en el país producto del sobrepeso y la obesidad que, tarde o
tempano, afectará nuestra salud de manera irreversible, sobre todo, si tenemos
en nuestro haber un pasado familiar con tendencia a problemas cardiovasculares
o, simple y llanamente, a la diabetes.
Esta circunstancia representa un
problema delicado de salud pública, porque previsiblemente las personas que se
enfermen como resultado de su obesidad, acudirán a los centros de salud de los
sistemas estatales o federales, lo que representa desde ahora un costo alto no
sólo en medicamentos, tratamientos e intervenciones, sino también, en términos
laborales y de productividad en el trabajo.
Sin duda, la mayoría de los casos
de sobrepeso y obesidad se explican a la persistencia de malos hábitos
alimenticios combinados con la inactividad física y a la reproducción
generacional de estilos de vida nocivos para la salud. De ahí que cuando los
padres de familia son obesos, la probabilidad de que los hijos lo sean se eleva
al 80 por ciento.
De acuerdo con datos de la
Secretaría de Salud, el costo directo estimado que representa la atención
médica a personas con enfermedades atribuibles al sobrepeso y la obesidad
(problemas cardiovasculares, cerebro-vasculares, hipertensión, algunos tipos de
cáncer, atención de diabetes mellitus, tipo 2), se incrementó del año 2000 al
2008 en un 61 por ciento, al pasar de 26 mil 283 millones de pesos a 42 mil 246
millones de pesos. La misma dependencia estima que para el año 2017 dicho gasto
alcanzará los 77 mil 919 millones (en pesos de 2008), un moto tres veces
superior a lo que se estima recaudar en la frontera con la homologación del
Impuesto al Valor Agregado en el año 2014.
La pregunta razonable es cómo
orientar los hábitos de consumo sin caer en medidas regulatorias que a nadie
gustan. La Ley General de Salud señala expresamente entre sus finalidades, la
procuración del bienestar físico y mental de las personas para el ejercicio
pleno de sus capacidades, así como el
fomento de valores que coadyuven a la creación, conservación y disfrute de condiciones
de salud individual y colectiva que contribuyan al desarrollo social.
Así como los problemas de
desnutrición son regulados en la Ley General de Salud, también, desde hace
algunos años, los legisladores han propuesto introducir en la legislación estrategias
normativas para que el Estado tenga una mayor incidencia en el control del peso
de los ciudadanos mexicanos. Por supuesto que no se propone prohibir o
sancionar el hecho de tener kilos de más, sino que haya un seguimiento desde la
primera infancia de parte de las instituciones del Estado a aquellos menores
cuyo peso represente un riesgo para su salud, entre otros aspectos.
Sin embargo, debe señalarse
expresamente que cualquier decisión que se tome, debe partir del reconocimiento
de que los responsables de la alimentación de los niños son los padres o
tutores; que no se debe prohibir el consumo de alimentos sino informar adecuadamente
a los consumidores sobre el contenido nutritivo de lo que consume y alentar las
decisiones informadas respecto de la salud.
En el Senado hoy se reciclan iniciativas
sobre el tema y seguramente con la campaña reciente en contra del consumo de
alimentos con alta concentración calórica, el debate se avivará y nuevamente se
discutirá el tema de la obesidad, el sobrepeso y los trastornos de la conducta
alimentaria como son la anorexia y la bulimia.
Para llevar a cabo un debate
sensato, insisto, debemos reconocer que sin la participación de los padres de
familia y la voluntad propia de cada persona, cualquier disposición normativa que
se proponga será insuficiente, porque algo así como prohibir y sancionar los
kilos de más, está más allá de las facultades del Congreso de la Unión.
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