domingo, 24 de noviembre de 2013

Los fierros viejos de Pemex

En cualquier ciudad del país en carritos adaptados señores ofrecen, al grito de “fierros viejos que vendan”, adquirir las posesiones obsoletas o inservibles de las casas. Nunca el precio que ofrecen es el mejor y, a veces, hasta cobran por llevarse las cosas viejas o en desuso. Es casi una tradición urbana ver a estos personajes recorrer calles llevando y trayendo objetos.
Una visión extrapolada puede aplicarse al caso de Pemex. El debate es tan intenso y cargado de ideología, que prácticamente pareciera que la propuesta de modificar la legislación tiene el propósito de deshacerse de los fieros viejos de la industria petrolera mexicana. Así lo hacen aparecer muchos interlocutores de la discusión.  
La primera propuesta para desincorporar una empresa nacional estratégica se hizo durante el gobierno del entonces presidente Ernesto Zedillo, quien propuso al Congreso de la Unión un esquema de gobierno diferente para la Comisión Federal de Electricidad, CFE. En esa ocasión se opusieron los partidos Acción Nacional y de la Revolución Democrática. La iniciativa ni siquiera llegó a discutirse y sólo tuvo costos políticos para el partido gobernante en ese entonces, el Revolucionario Institucional.
Años más tarde, el propio presidente Vicente Fox presentó prácticamente la misma iniciativa, incluso con un texto normativo prácticamente igual, no obstante, tampoco llegó a discutirse. Mucho se habló entonces de que la reforma a la CFE era el paso previo para privatizar Pemex, las únicas dos empresas públicas relevantes.
Privatizar se ha convertido en el estigma político para no hacer nada. El caso es que no hay modo de hacer de Pemex una empresa pública de hecho y no mantenerla como una empresa pública de membrete. Petróleos Mexicanos es una institución pública cuyo esquema de operación dista mucho del de una empresa corporativa y, desde luego, este modelo no le permite competir frente a los corporativos en igualdad de condiciones.
Pero más allá de la competencia  internacional y de los mercados mundiales, qué es lo que los opositores a la reforma pretenden: conservar los fierros viejos, esperar a que la empresa llegue a su inviabilidad financiera por falta de inversión o imaginan que algo diferente va a pasar después de más de siete décadas.
Si algo no ha funcionado durante mucho tiempo, lo mejor es cambiarlo. Así de sencillo, y no digo que pongamos en bandeja de plata a nuestra principal fuente de ingresos públicos, sino que la renovemos ante la evidencia de la caída de las reservas en los últimos años.
Brasil es un país con un gobierno a la izquierda de la socialdemocracia que permite la intervención de recursos de la empresa privada en contratos de riesgo, compartiendo pérdidas y ganancias. Cuba también lo hace y, de hecho, no tendría otra para alternativa para explotar el petróleo que subyace en su territorio y mar patrimonial. Ni que decir de Noruega, en el que la participación de capital público y privado ha permitido crear un fondo para esa nación para enfrentar la declinación futura de sus reservas.
Incluso Brasil ha modificado una vez más su legislación en la materia, para que la renta petrolera se aplique a la educación, convencidos de que todos los países desarrollados invirtieron en ese campo antes de llegar a mejores niveles de vida de su población. Sin educación es difícil pensar en desarrollo.
De ahí la pregunta de qué queremos hacer con muestro petróleo, porque sin tecnología difícilmente podrán extraerse hidrocarburos de aguas profundas. Porque sin recursos frescos, de los que hoy no disponemos, las reservas continuarán bajando y depreciando el valor de nuestra industria. Porque de mantener la misma perspectiva, lo único que se alimentará es a la burocracia corporativa y la burocracia sindical que consumen los pocos recursos que le quedan a Pemex después de descontar impuestos y derechos.
La propuesta de modificar la industria petrolera mexicana no implica vender el petróleo que subyace en el territorio nacional; tampoco pretende vender los fierros viejos, porque esos nadie los quiere. Lo que queremos es adquirir con recursos frescos nuevos fierros, acceso a nuevas tecnologías y a un mejor modelo corporativo que le permita a la empresa pública competir con sus homólogas en el mundo en mejores condiciones de competitividad.
Pero el problema más difícil está en vencer una idea nacionalista mal entendida, que considera que cualquier operación o negocio con extranjeros es tanto como cambiar oro por espejos, una idea atrapada en la desconfianza del otro, en una especie de teoría de la conspiración perpetua de lo nuevo en nuestra contra.
Que la extracción, producción, refinación y distribución del petróleo esté únicamente en manos del gobierno no nos ha hecho productivos, ni transparentes, ni eficientes, porque alrededor de este modelo lo que hemos consolidado mejor que nada es una gran clientela política, empresarial y laboral, quienes pareciera son los receptores de la renta petrolera disponible.

De no reconsiderar las cosas tal como están, en algunas décadas estaremos a la espera de escuchar “fierros viejos que vendan”.

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