Una visión extrapolada puede
aplicarse al caso de Pemex. El debate es tan intenso y cargado de ideología,
que prácticamente pareciera que la propuesta de modificar la legislación tiene el
propósito de deshacerse de los fieros viejos de la industria petrolera
mexicana. Así lo hacen aparecer muchos interlocutores de la discusión.
La primera propuesta para
desincorporar una empresa nacional estratégica se hizo durante el gobierno del entonces
presidente Ernesto Zedillo, quien propuso al Congreso de la Unión un esquema de
gobierno diferente para la Comisión Federal de Electricidad, CFE. En esa
ocasión se opusieron los partidos Acción Nacional y de la Revolución
Democrática. La iniciativa ni siquiera llegó a discutirse y sólo tuvo costos
políticos para el partido gobernante en ese entonces, el Revolucionario
Institucional.
Años más tarde, el propio
presidente Vicente Fox presentó prácticamente la misma iniciativa, incluso con
un texto normativo prácticamente igual, no obstante, tampoco llegó a
discutirse. Mucho se habló entonces de que la reforma a la CFE era el paso
previo para privatizar Pemex, las únicas dos empresas públicas relevantes.
Privatizar se ha convertido en el
estigma político para no hacer nada. El caso es que no hay modo de hacer de
Pemex una empresa pública de hecho y no mantenerla como una empresa pública de
membrete. Petróleos Mexicanos es una institución pública cuyo esquema de
operación dista mucho del de una empresa corporativa y, desde luego, este
modelo no le permite competir frente a los corporativos en igualdad de
condiciones.
Pero más allá de la competencia internacional y de los mercados mundiales, qué
es lo que los opositores a la reforma pretenden: conservar los fierros viejos, esperar
a que la empresa llegue a su inviabilidad financiera por falta de inversión o imaginan
que algo diferente va a pasar después de más de siete décadas.
Si algo no ha funcionado durante
mucho tiempo, lo mejor es cambiarlo. Así de sencillo, y no digo que pongamos en
bandeja de plata a nuestra principal fuente de ingresos públicos, sino que la
renovemos ante la evidencia de la caída de las reservas en los últimos años.
Brasil es un país con un gobierno
a la izquierda de la socialdemocracia que permite la intervención de recursos de
la empresa privada en contratos de riesgo, compartiendo pérdidas y ganancias.
Cuba también lo hace y, de hecho, no tendría otra para alternativa para explotar
el petróleo que subyace en su territorio y mar patrimonial. Ni que decir de
Noruega, en el que la participación de capital público y privado ha permitido
crear un fondo para esa nación para enfrentar la declinación futura de sus
reservas.
Incluso Brasil ha modificado una
vez más su legislación en la materia, para que la renta petrolera se aplique a
la educación, convencidos de que todos los países desarrollados invirtieron en
ese campo antes de llegar a mejores niveles de vida de su población. Sin
educación es difícil pensar en desarrollo.
De ahí la pregunta de qué queremos
hacer con muestro petróleo, porque sin tecnología difícilmente podrán extraerse
hidrocarburos de aguas profundas. Porque sin recursos frescos, de los que hoy
no disponemos, las reservas continuarán bajando y depreciando el valor de
nuestra industria. Porque de mantener la misma perspectiva, lo único que se
alimentará es a la burocracia corporativa y la burocracia sindical que consumen
los pocos recursos que le quedan a Pemex después de descontar impuestos y
derechos.
La propuesta de modificar la
industria petrolera mexicana no implica vender el petróleo que subyace en el territorio
nacional; tampoco pretende vender los fierros viejos, porque esos nadie los
quiere. Lo que queremos es adquirir con recursos frescos nuevos fierros, acceso
a nuevas tecnologías y a un mejor modelo corporativo que le permita a la
empresa pública competir con sus homólogas en el mundo en mejores condiciones
de competitividad.
Pero el problema más difícil está
en vencer una idea nacionalista mal entendida, que considera que cualquier
operación o negocio con extranjeros es tanto como cambiar oro por espejos, una
idea atrapada en la desconfianza del otro, en una especie de teoría de la
conspiración perpetua de lo nuevo en nuestra contra.
Que la extracción, producción,
refinación y distribución del petróleo esté únicamente en manos del gobierno no
nos ha hecho productivos, ni transparentes, ni eficientes, porque alrededor de
este modelo lo que hemos consolidado mejor que nada es una gran clientela
política, empresarial y laboral, quienes pareciera son los receptores de la
renta petrolera disponible.
De no reconsiderar las cosas tal
como están, en algunas décadas estaremos a la espera de escuchar “fierros
viejos que vendan”.
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